Un minuto más de vida
Una noche, un mes antes de su muerte, tuve un sueño que jamás olvidaré. En esa visión, lo vi caer en un abismo de sombras, como si el mundo entero hubiera cedido bajo su peso. Yo corría hacia él con mis brazos, extendidos, parecían buscar algo que no podía alcanzar, , incapaz de detener la caída. Al despertar, la sensación de pérdida era tan real que me quedé mirando al techo, con el corazón latiendo a un ritmo desbocado y una certeza inexplicable de que algo estaba por suceder. En él, veía a Alberto caer boca abajo, su cuerpo derrumbado como si todo su ser hubiera cedido ante una carga insostenible. Corría hacia él, desesperado por levantarlo, pero su cabeza se inclinaba hacia adelante, inerte. La impotencia me atrapaba, y al despertar, el sudor y el miedo me invadieron. Ese sueño no era solo una visión; era un presagio, una advertencia que marcaría los días que estaban por venir.
Alberto Enrique Barajas Morales nació el 16 de diciembre de 1955 en Bucaramanga y murió el 8 de diciembre de 2007 en Bogotá, más exactamente en el barrio Minuto de Dios. Su partida no solo marcó un cierre en su vida, sino también un impacto profundo en la mía, entrelazando nuestras historias en un camino compartido de aprendizaje y comprensión. Fue el mayor de cinco hermanos, un hombre que en su juventud tuvo todo: una familia que lo amaba, éxito profesional como ingeniero de petróleos y un espíritu generoso que lo llevaba a apoyar a quienes lo rodeaban. Sin embargo, los duelos no resueltos y las circunstancias adversas de su vida lo llevaron a la calle, un lugar que nunca logró definirlo como persona, pues incluso en sus momentos más oscuros, seguía siendo alguien con una profunda sensibilidad humana.
Lo conocí en 2005, cuando vivía bajo un árbol frente a la universidad. En ese tiempo, su cuerpo ya estaba afectado por la diabetes y la soledad. Decidí acercarme y apoyarlo, llevándolo a una clínica para atender un paro diabético. Durante meses, luchamos juntos para estabilizarlo, con la esperanza de que pudiera recuperar su dignidad y el cariño de sus seres queridos. Alberto tenía una meta clara: reconstruir su vida. Sin embargo, el peso de su pasado y las recaídas constantes hacían que el camino fuera arduo.
El 5 de diciembre de 2007, recibí la llamada que tanto temía. Alberto había sido encontrado en una cancha de microfútbol detrás de la iglesia del Minuto de Dios. Al llegar, la imagen de mi sueño se hizo realidad: estaba boca abajo, inmóvil, rodeado por un mar de sangre. Medicina Legal confirmó su identidad y, más tarde, el dictamen fue claro: Complicaciones de salud por la habitabilidad en Calle. Su muerte fue un golpe devastador, pero también el fin de una lucha que lo había desgastado durante años.
En el cementario, conocí a sus hijas y a su esposa, las personas a las que tanto había amado. Fue un momento para recordar al hombre que, a pesar de todo, dejó una huella imborrable en quienes lo conocimos. El día de su entierro, me despedia dandole el Adios pero alguien me repitio que: "Aún sigue siendo un buen hombre" como si siguiera vivo. Y tenía razón. Alberto no fue definido por sus errores ni por sus circunstancias, sino por su capacidad de inspirar amor y compasión en los demás: El era el unico amigo que me decia que yo era el mejor trabajador social de toda la universidad y que yo tenia un gran futuro por encontrar. Cuando me refiero al unico amigo que tuve fue real y lamente profundamente su partida porque no logre conectar con otras personas como otros estudiantes por ese entonces.
Aquel sueño premonitorio me enseñó que la vida y la muerte están profundamente entrelazadas. Alberto me mostró que incluso en medio del dolor y la adversidad, hay espacio para la conexión humana y la esperanza. Hoy, al recordarlo, me doy cuenta de que esta historia no es solo la suya, sino también la mía: un recordatorio de que morir puede ser, en muchos sentidos, una forma de volver a vivir.
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